En un conflicto como el de Rusia y Ucrania podrían plantearse, al menos en principio, dos preguntas formuladas de manera simétrica. ¿Podrían determinadas actuaciones rusas contra la población ucraniana constituir genocidio? ¿Podrían determinadas actuaciones ucranianas contra población rusa o rusófona constituir genocidio?
Podría plantearse una estructura semejante en Gaza. ¿Podrían determinadas actuaciones del Gobierno y las fuerzas israelíes contra los palestinos de Gaza constituir genocidio? ¿Podrían determinados actos, planes o intenciones de Hamás y otros grupos armados contra judíos o israelíes constituir genocidio?
Formular las preguntas en ambas direcciones no supone afirmar que las pruebas, las intenciones, las capacidades, la escala de los daños o la solidez de las acusaciones sean equivalentes. La simetría es metodológica: consiste en permitir que la misma pregunta pueda plantearse a actores distintos antes de examinar si las evidencias conducen o no a respuestas diferentes.
Este punto es importante porque «genocidio» posee, por una parte, un significado jurídico relativamente preciso y, por otra, una utilización política y popular considerablemente más flexible. En el debate ordinario no suele desarrollarse un análisis explícito del grupo protegido, los actos tipificados, la parte del grupo afectada y la intención específica de destruirlo total o parcialmente. La discusión puede adquirir una forma mucho más sencilla: «¿consideras que esto es un genocidio?».
El fenómeno que interesa aquí no es que alguien responda afirmativamente a esa pregunta ni que defienda su respuesta con enorme convicción. Una persona puede considerar que determinadas actuaciones rusas o ucranianas constituyen genocidio y otra puede rechazar esa calificación. Alguien puede concluir que determinadas actuaciones del Gobierno israelí en Gaza constituyen genocidio y otra persona sostener que esa categoría concreta no queda establecida. Del mismo modo, alguien podría interpretar determinados actos e intenciones de Hamás como genocidas y otra persona considerar más adecuadas categorías diferentes.
Todas esas posiciones pueden discutirse mediante argumentos y evidencias.
El fenómeno interesante aparece cuando se pasa de:
«Considero que esto es un genocidio»
a:
«Es importante que tú también reconozcas que esto es un genocidio».
En la segunda proposición aparece un objetivo nuevo. Ya no se pretende únicamente describir correctamente una situación o convencer a otra persona mediante argumentos. Se pretende conseguir que adopte públicamente la misma interpretación.
Puede distinguirse así entre tres niveles: 1) sostener un diagnóstico, 2) defenderlo argumentativamente y 3) exigir alineamiento con él. Es este tercer nivel el que resulta especialmente interesante.
Un experimento mental permite aislar mejor el fenómeno. Supóngase que una institución exigiera a sus miembros declarar que determinadas actuaciones rusas en Ucrania constituyen genocidio. Supóngase después otra que exigiera reconocer como genocidio determinadas actuaciones ucranianas contra población rusófona. Una persona podría negarse a firmar cualquiera de las dos declaraciones sin aprobar en absoluto los hechos objeto de discusión.
Podría repetirse el experimento en Gaza. Una institución podría exigir que determinadas actuaciones del Gobierno israelí fueran calificadas como genocidio. Otra podría exigir la misma calificación para el ataque del 7 de octubre y determinadas intenciones atribuidas a Hamás. En ambos casos alguien podría considerar atroces los hechos y, sin embargo, rechazar la clasificación concreta que se le exige.
La negativa a utilizar una palabra determinada no implica necesariamente aprobación de aquello que esa palabra pretende describir.
Aquí aparece una distinción más general: compromiso con el diagnóstico frente a compromiso con el resultado.
El compromiso con el diagnóstico pregunta qué está ocurriendo, por qué ocurre y cómo debería describirse. El compromiso con el resultado pregunta qué estado del mundo se pretende producir.
Ese resultado puede ser pacífico o destructivo. Puede consistir en terminar una guerra, reducir el sufrimiento, proteger a los civiles o alcanzar una convivencia estable, pero también en conquistar un territorio, conseguir una rendición, expulsar a una población, destruir una organización o eliminar al adversario. Estar orientado al resultado no equivale, por tanto, a ser moderado o pacifista.
Un actor decidido a destruir completamente a su enemigo podría utilizar diagnósticos, consignas y categorías morales únicamente en la medida en que le ayudaran a conseguirlo. Su relación con el diagnóstico sería instrumental. También puede ocurrir que una persona que desea sinceramente la paz puede llegar a considerar tan importante que los demás compartan su interpretación del conflicto que rechace colaborar con quienes desean exactamente el mismo resultado pero utilizan categorías diferentes.
Aquí aparece el desplazamiento de objetivos.
La secuencia inicial puede ser perfectamente coherente:
queremos producir determinado resultado → elaboramos un diagnóstico → promovemos ese diagnóstico porque creemos que ayudará a producir el resultado.
Por ejemplo:
queremos reducir el sufrimiento → consideramos que determinados actos constituyen genocidio → creemos que conseguir que otros los reconozcan como genocidio ayudará a detenerlos.
El diagnóstico funciona aquí como un medio.
Pero puede producirse una transformación:
queremos que la sociedad reconozca el diagnóstico → queremos que las instituciones lo reconozcan → queremos que las personas de nuestro entorno lo reconozcan → consideramos problemática la negativa a reconocerlo.
El reconocimiento del diagnóstico empieza entonces a convertirse en un objetivo por sí mismo.
Esto no significa necesariamente que el objetivo original haya desaparecido ni que buscar reconocimiento sea ilegítimo. La verdad, la memoria, la justicia o el reconocimiento de las víctimas pueden considerarse también bienes valiosos. Lo importante es advertir que ya no existe un solo objetivo.
Una pregunta sencilla permite hacerlo visible:
Si pudiera alcanzarse plenamente el resultado deseado sin conseguir que los demás compartieran la propia interpretación de lo ocurrido, ¿sería suficiente?
Si la respuesta es sí, el diagnóstico conserva principalmente un valor instrumental. Si la respuesta es no, el reconocimiento del diagnóstico se ha convertido también en uno de los resultados buscados.
Aquí aparece además una consecuencia importante. La exigencia de alineamiento no tiene los mismos efectos respecto de todos los resultados posibles. Si el objetivo es alcanzar una paz negociada, reducir el sufrimiento o construir alguna forma de convivencia, convertir una palabra en una pregunta-bisagra —«¿lo condena?», «¿reconoce que es un genocidio?»— puede resultar contraproducente. Puede obligar a personas con posiciones intermedias a definirse por uno de los bandos, reducir las posibilidades de cooperación entre quienes comparten objetivos pero no diagnósticos, aumentar el coste social del matiz y estrechar el espacio disponible para el compromiso.
No tiene por qué ocurrir siempre. En algunos casos, exigir una declaración clara de algún tipo puede establecer mínimos normativos necesarios para negociar, por ejemplo el rechazo del asesinato deliberado de civiles. Pero existe al menos una tensión potencial entre forzar la convergencia diagnóstica y mantener suficientemente amplio el espacio en el que pueden cooperar personas que interpretan de manera diferente el conflicto.
La misma dinámica puede dejar de ser contraproducente si el resultado perseguido es otro. Si el objetivo es derrotar completamente al adversario, expulsarlo, destruir su organización o hacer imposible cualquier compromiso con él, aumentar la polarización puede resultar funcional. Obligar a todos a definirse, eliminar posiciones intermedias y convertir en sospechosos a quienes no aceptan el diagnóstico propio puede contribuir precisamente a movilizar al grupo para una confrontación más intensa.
Por tanto, una pregunta-bisagra no puede evaluarse al margen del resultado al que sirve. Puede dificultar la reconciliación precisamente por las mismas razones por las que puede facilitar la movilización para la confrontación.
Esto no permite inferir automáticamente las intenciones de quienes la utilizan. Que una estrategia favorezca la polarización no demuestra que quien la emplea desee destruir al adversario. Puede creer sinceramente que esa polarización es necesaria para alcanzar otro objetivo. Pero sí permite plantear una pregunta relevante: si una práctica supuestamente orientada a la paz produce efectos que dificultan el compromiso y, aun así, se mantiene porque conseguir que todos acepten el diagnóstico ha adquirido valor propio, ¿se ha producido un desplazamiento de objetivos?
Euskadi ta askatasuna
El conflicto vasco ofrece un ejemplo histórico diferente pero estructuralmente relacionado. Durante los años ochenta, «condenar» adquirió una relevancia política que iba más allá de expresar desaprobación. Preguntar a un representante de Herri Batasuna si «condenaba» un atentado podía servir para averiguar si su distanciamiento respecto de ETA era real o meramente estratégico. Pero la palabra podía también convertirse en una prueba binaria: pronunciarla o no pronunciarla terminaba funcionando como indicador de una posición política mucho más amplia.
La pregunta podía invertirse:
«¿Condena usted la violencia de ETA?»
«¿Condena usted la violencia ejercida desde el Estado?»
Las preguntas no convertían en equivalentes los hechos. Mostraban otra cosa: cómo una palabra puede dejar de ser únicamente una descripción o valoración y convertirse en una prueba de alineamiento.
Ese es el punto central. En determinados conflictos, una categoría puede comenzar como instrumento para comprender la realidad y actuar sobre ella, pero terminar convirtiéndose en uno de los objetivos que se pretende conseguir. El problema no está necesariamente en sostener un diagnóstico con firmeza, ni siquiera en intentar convencer a otros de que es correcto. Aparece cuando conseguir que los demás compartan ese diagnóstico empieza a competir con el resultado para cuya consecución se suponía que el diagnóstico era útil.
Por eso la pregunta decisiva no es solamente «¿cuál es el diagnóstico correcto?», sino también «¿para qué queremos que los demás lo compartan?». Si conseguir ese reconocimiento ayuda a reducir el sufrimiento, alcanzar la paz o cualquier otro resultado perseguido, puede seguir funcionando como un medio. Pero si exigirlo dificulta ese resultado y, aun así, la exigencia permanece, cabe preguntarse si se ha producido un desplazamiento de objetivos: el instrumento ha empezado a sustituir al fin.
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia radicalmente la orientación de la acción. Una cosa es estar comprometido con producir determinado estado del mundo y utilizar un diagnóstico porque parece ayudar a conseguirlo. Otra es llegar a estar comprometido con conseguir que los demás describan el mundo de la misma manera.
En los conflictos más polarizados, ambas aspiraciones pueden confundirse fácilmente. Y quizá precisamente por eso convenga mantener presente una pregunta muy sencilla:
¿Qué queremos conseguir: que cambie la realidad o que los demás acepten nuestra explicación de la realidad?
A veces ambas cosas serán compatibles. A veces incluso podrán reforzarse mutuamente. Pero cuando entren en conflicto, la elección entre ellas revelará cuál era realmente el objetivo.
Método
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