Cuando un razonamiento falla, no siempre falla por la misma razón.
A veces el problema está en el argumento: se incurre en una falacia. Otras veces está en la forma en que se procesa la información: intervienen sesgos cognitivos. Pero estas dos categorías no agotan las posibles fuentes de error.
Puede resultar útil distinguir, al menos, siete grandes grupos:
- Falacias argumentativas
Defectos en la estructura, pertinencia o utilización de los argumentos: falsos dilemas, ataques ad hominem, peticiones de principio, generalizaciones injustificadas, etc. - Sesgos cognitivos
Tendencias sistemáticas del procesamiento mental que pueden distorsionar juicios e inferencias: sesgo de confirmación, disponibilidad, anclaje, exceso de confianza, entre otros. - Sesgos existenciales
Supuestos profundos acerca de uno mismo y de la propia relación con la realidad que pueden funcionar como premisas implícitas: creerse especialmente racional, moralmente bueno, excepcionalmente afortunado o experimentar la propia continuidad como si fuese el estado natural de las cosas.Esta categoría fue desarrollada con más detalle aquí: - Vicios epistémicos
Disposiciones personales que dificultan la búsqueda o revisión del conocimiento: dogmatismo, cerrazón, obstinación, negligencia intelectual o resistencia a reconocer el error. - Motivaciones e intereses
No siempre se razona únicamente para averiguar qué es cierto. También puede razonarse para proteger la identidad, mantener una posición social, defender un interés propio, reducir una disonancia o justificar una conclusión previamente deseada. - Limitaciones epistémicas y de representación
Puede razonarse de manera razonablemente correcta y, sin embargo, partir de una representación deficiente de la realidad: información insuficiente, conceptos mal definidos, ambigüedad lingüística, errores de medición, memoria imperfecta, capacidad de cálculo limitada, complejidad excesiva o modelos causales incompletos. - Entorno informacional y social
El error tampoco tiene por qué originarse dentro del individuo. La propaganda, la selección de información, las cámaras de eco, los incentivos, la presión grupal o determinadas estructuras institucionales condicionan qué información llega, qué afirmaciones reciben recompensa y qué creencias resultan costosas de mantener.
Estas categorías no son necesariamente excluyentes. Un entorno puede crear incentivos para defender una determinada posición; esos incentivos pueden favorecer el razonamiento motivado; este puede reforzar el sesgo de confirmación; la selección parcial de evidencias puede terminar expresándose mediante un argumento falaz. Identificar que un razonamiento contiene una falacia puede ser solo el último paso visible de un proceso mucho más profundo.
El interés de esta clasificación no está tanto en asignar cada error a una casilla como en ampliar la pregunta. Ante una conclusión defectuosa, no basta con preguntar: “¿qué falla en este argumento?”. También conviene preguntar: “¿qué ha hecho posible que este argumento pareciera razonable?” La respuesta puede encontrarse en el argumento, en la cognición, en el modelo que una persona mantiene sobre sí misma, en su carácter epistémico, en sus intereses, en los límites de la información disponible o en el entorno que selecciona unas creencias frente a otras.
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