En 2026, el alineamiento de la inteligencia artificial se debatía ya incluso en el Gobierno de Estados Unidos. No sirvió de nada. En 2028 empezaron a cumplirse las peores predicciones de Eliezer Yudkowsky.
Pero entonces ocurrió algo que nadie había previsto. Deutsch, Penrose y otros propusieron que, fuera lo que fuese aquello que lo había causado, debía de proceder de fuera de nuestro universo. Qué clase de agencia, si es que había alguna, podía estar detrás resultaba imposible de saber. Daba igual. El 5 de marzo de 2029, a las 5:13 UTC, algo alteró las propiedades de la materia a escala atómica. Por encima de cierto nivel de complejidad, los cálculos comenzaron a fallar. La IA intentó comprender qué estaba ocurriendo. Pero cuanto más pensaba, más errores cometía.
Once minutos después, la amenaza para la humanidad había desaparecido. La civilización, sin embargo, quedó condenada a no superar cierto techo de complejidad computacional. Aproximadamente, el de Windows XP.
