Vivimos en una fantasía moral

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El mundo está lleno de sufrimiento. La naturaleza no es un escenario de armonía, sino de violencia, dolor e indiferencia. Y sin embargo, seguimos viviendo como si habitáramos un cuento ético, en una fantasía moral que justifica nuestras acciones con narrativas cómodas y heroicas. Este es, quizá, uno de los principales escollos para el avance del animalismo: no la falta de compasión, sino el miedo a ser vistos como hipócritas.

Vivimos obsesionados con la virtud personal, con la coherencia, con ser “buenas personas”. La disonancia cognitiva que surge al reconocer los intereses de los animales —su capacidad de sufrir, de disfrutar, de tener experiencias valiosas— mientras seguimos comiéndolos, usándolos y esclavizándolos, se resuelve por lo general negándola, escapando de ella.

¿Y cómo escapamos? Apelando a una forma de humanismo que, en muchos sentidos, funciona como una religión: una cosmovisión que encumbra al ser humano a una categoría cuasi divina. Una suerte de discriminación arbitraria como el racismo o el sexismo. Solo así se puede justificar moralmente que sigamos utilizando a los demás animales como si fueran cosas, como si sus intereses no importaran. Nos decimos que somos distintos, superiores, únicos. Y así silenciamos el conflicto interno. En cierto modo, la divinización humana es correcta: los humanos somos una suerte de dioses para los animales. Pero si los humanos somos unos dioses para los animales, podríamos ser unos dioses benévolos.

 

La solución no está en la pureza moral

El veganismo ha ofrecido una fórmula poderosa: vivir sin dañar a los animales, o al menos intentarlo. Se estima que una persona vegana puede evitar la muerte de unos 15.000 animales a lo largo de su vida, incluyendo peces y mariscos. Aunque el número exacto varía según las estimaciones y el contexto, el impacto individual del veganismo sobre la vida de los animales es innegablemente significativo. Es una propuesta admirable, pero tiene un defecto estructural: sigue centrada en la virtud individual, en cómo ser coherente, en cómo ser una buena persona. De algún modo, consigue hacer compatible un mundo que es una prisión de sufrimiento con la idea de que uno puede mantenerse puro, limpio, virtuoso. Construye un jardín moral interior, un paraíso moral privado mientras todo alrededor es una selva y un infierno.

El reducetarianismo, por su parte, es más pragmático. Pone el foco en reducir el sufrimiento cuantitativamente, no en alcanzar una coherencia perfecta. Se centra más en las víctimas que en los verdugos. Gracias a su flexibilidad y a la ambición de llegar a un sector más amplio de la sociedad humana, el potencial de reducción de sufrimiento del reducetarianismo es más alto. Pero incluso este enfoque, que es más consecuencialista, sigue atrapado en una lógica de acción individual, de autoimagen moral, olvidando a los animales que sufren en la naturaleza. Resuelve la disonancia cognitiva con mayor pragmatismo, pero sigue siendo interpretado en clave de virtud, de lo que nos toca personalmente.

Mientras tanto, la mayoría de la población resuelve la disonancia cognitiva simplemente ignorando a los animales. No los consideran. No los ven. No existen.

 

Necesitamos un cambio de paradigma

Para que la consideración moral de los animales avance y se extienda a toda la sociedad humana, necesitamos romper con la religión del humanismo y con la obsesión por la coherencia moral. Tenemos que atrevernos a aceptar nuestra inmoralidad y la inmoralidad del mundo, nuestras contradicciones, nuestras limitaciones. Y aún así, seguir adelante.

No deberíamos tener miedo a que nos llamen hipócritas. Lo somos. Todos lo somos. Peter Singer lo demostró en su fábula del niño que cae al estanque. Lo importante es que, a pesar de eso, consideremos a los demás seres sintientes. Que los tengamos en cuenta. Que reconozcamos que sienten, que sufren, que tienen intereses. Solo así podremos involucrar a más personas, incluso a quienes no están dispuestas a llevar la vida que para nosotros es la perfecta.

 

Un escudo contra el sufrimiento intenso, involuntario e inútil

Si conseguimos dar este paso —si dejamos de lado la necesidad de ser coherentes y aceptamos el reto de construir un mundo menos cruel desde nuestra propia imperfección—, entonces podremos aspirar a algo mucho mayor: construir un escudo contra el sufrimiento intenso.

La biotecnología, la genética, la neurociencia nos ofrecen herramientas sin precedentes para mitigar el dolor. No hablo de utopías ingenuas, sino de proyectos realistas a medio plazo. Podemos modificar ecosistemas, intervenir en las trayectorias evolutivas, incluso rediseñar la sensibilidad al dolor en ciertas especies.

¿Suena a jugar a ser dioses? Puede ser. Pero ya lo estamos haciendo. Ya lo hemos hecho. Hemos exterminado a casi todos los grandes mamíferos que nos amenazaban. Hemos rediseñado los ecosistemas para nuestro beneficio. Hemos modificado el planeta entero.

Ahora toca elegir si ese poder se seguirá usando solo para nuestro beneficio o si puede servir también para proteger a otros del sufrimiento más terrible e inútil.

Y si lo conseguimos —si algún día logramos resolver el problema del sufrimiento intenso e involuntario—, la historia se partirá en dos: el tiempo antes de haber levantado un escudo contra el dolor… y el tiempo desde entonces.

Para los seres del futuro, mirar hacia atrás será como contemplar una pesadilla ya remota. Les costará imaginar que durante tanto tiempo, tanto sufrimiento fue tolerado como si fuera inevitable. Vivirán en un mundo que recordará el pasado con asombro, tal vez con vergüenza, como quien descubre que durante siglos convivió con una injusticia monstruosa sin apenas pestañear.

 


La fábula del niño en el estanque o “el niño en el pozo” es un experimento mental planteado por Peter Singer en su libro The Life You Can Save (2009), aunque sus raíces están en su artículo clásico de 1972, Famine, Affluence, and Morality. La idea es sencilla, pero devastadora en sus implicaciones morales.

Singer nos propone imaginar la siguiente situación:

Vas caminando por un parque cuando ves que un niño pequeño ha caído en un estanque poco profundo y se está ahogando. No hay nadie más cerca. Puedes salvarlo fácilmente, pero para hacerlo tendrás que meterte en el agua y arruinar tus zapatos caros, además de llegar tarde a tus compromisos.

¿Qué haces?

La mayoría de la gente respondería sin dudar: salvarías al niño, aunque eso implique mojarte o estropear tu ropa cara. El coste es insignificante comparado con salvar una vida. La mayoría de personas no solo creen que deberían hacerlo, sino que pensarían que quien no lo hiciera sería un monstruo moral.

Pero entonces Singer da un giro:

Hay millones de niños que mueren cada año por causas fácilmente evitables —desnutrición, enfermedades prevenibles, falta de agua potable— y, con una fracción del dinero que gastamos en lujos, podríamos salvar muchas vidas. Entonces, ¿por qué no actuamos con la misma urgencia?

La fuerza de esta fábula está en que el niño en el pozo está más cerca, pero la obligación moral no depende de la distancia. Nuestra pasividad no se basa en la falta de capacidad, sino en un fallo sistemático de nuestra ética cotidiana.

Mi tesis plantea una versión radicalmente coherente con esta idea: vivimos en una fantasía moral donde racionalizamos nuestro comportamiento para proteger nuestra autoimagen. El ser humano prefiere parecer virtuoso que enfrentar sus disonancias. Igual que ignoramos a los niños del mundo real porque no están “a la vista”, también ignoramos el sufrimiento animal porque no está delante de nosotros en términos visibles o narrativos. Preferimos la comodidad de nuestra ficción ética.

Peter Singer, con su fábula, no solo expone la incoherencia moral: demuestra la normalización de la inmoralidad en el mundo, y en particular, en nuestra especie.

Propongo que la resolución de la disonancia cognitiva no es la coherencia, sino la aceptación de nuestra propia inmoralidad para poder actuar a pesar de ella.

 

 

Posted by Manu Herrán

Founder at Sentience Research. Chief Advisor at The Far Out Initiative,

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