Me postulo como Líder Supremo del Movimiento por la Abolición del Sufrimiento (¡alguien tenia que hacerlo¡)
Acabo de mantener una conversación ProfunDa, casi mística, con una de las figuras más representativas del Movimiento por la Abolición del Sufrimiento. No citaré su nombre, por supuesto. Podría decir que es por respeto a su privacidad, pero la verdad —y ya que vamos a abolir el sufrimiento, empecemos por abolir la hipocresía— es que prefiero quedarme con todo el protagonismo. Si él hubiera querido protagonismo, que se hubiera postulado primero. La historia, como la naturaleza, favorece al que madruga.
Durante nuestra charla (yo hablaba, él escuchaba, que es como deben ser estas cosas), se me reveló una verdad ineludible: es urgente abolir el sufrimiento. Y aún más urgente que eso, es urgente que yo lidere esa abolición. Porque no se puede ir por ahí dejando que el mundo lo salve cualquiera. Esto requiere mi carisma, visión y capacidad natural para hacerme el centro de atención tanto en temas triviales como existenciales.
Enumeremos todos los motivos por los cuales yo debo ser vuestro salvador.

Un líder transversal (es decir, antipático para todos)
He conseguido algo que muy pocos logran en estos tiempos polarizados: incomodar tanto a los de izquierdas como a los de derechas. Los progres piensan que soy un cínico individualista; los conservadores, que soy un utópico blandengue. Eso, amigas, amigos y amigues, no es un defecto: es capital político puro. Si ambos bandos creen que estoy equivocado, es sociológicamente probable que yo esté en lo cierto.
Mi liderazgo, por tanto, no se basa en caer bien, sino en caer exactamente mal a todo el espectro ideológico. Porque el sufrimiento no distingue entre votantes, y yo tampoco.
Humildemente ególatra: un líder sin ganas, pero con destino
Es bien sabido —lo dijo alguien importante cuyo nombre no recuerdo y cuya obra tampoco pienso buscar ahora— que solo debe liderar quien no desea hacerlo. El auténtico liderazgo no surge del ansia de poder, sino de la desgana lúcida. Por eso, yo soy el candidato ideal: no tengo ni una pizca de ganas. Y aun así, aquí estoy, postulándome con firmeza. ¿Contradictorio? Por supuesto. ¿Brillante? También.
He demostrado mi falta de ego de forma consistente, ilustrado por el elegante descuido con el que suelo omitir las fuentes bibliográficas. Mientras otros se empeñan en citar hasta al que inventó la cursiva, yo he abrazado el desinterés por el reconocimiento ajeno como prueba de mi universalismo moral. No distingo entre autores: a todos los respeto por igual al no mencionar a ninguno.
Un líder para todos los enfoques (porque no entiendo ninguno del todo)
Desde el transhumanismo a la espiritualidad hindú, pasando por la psicología positiva, el budismo secular y la biotecnología emocional, hay muchas formas de abordar la abolición del sufrimiento. Y ninguna me resulta completamente comprensible.
Esta falta de entendimiento me convierte en el puente perfecto entre escuelas de pensamiento enfrentadas. No tengo favoritismos. No tengo dogmas. No tengo ni idea. Y eso me hace absolutamente neutral. Nadie se sentirá excluido si el líder no es capaz de rechazar ni defender ningún enfoque con suficiente coherencia.
Flexibilidad ideológica: mi inconsistencia es tu garantía
En todo el espectro político, los “cambios de opinión” se han mostrado como una herramienta política extraordinariamente útil para ignorar las promesas electorales. En mi caso, he alcanzado un grado de duda metodológica que me permite cambiar de opinión con total naturalidad y sin riesgo de generar ninguna crisis de identidad. Mientras otros líderes deben justificar sus giros con palabras como “reevaluación estratégica” o “cambio de paradigma”, yo simplemente digo: “No sé, ahora me parece otra cosa”. Y eso basta.
Mi falta de convicciones firmes me convierte en el candidato perfecto para adaptarme a cualquier giro en la filosofía del movimiento, desde el hedonismo racional hasta el nihilismo compasivo. Soy maleable, soy dúctil, soy como una plastilina moral.
Resiliencia moral: he sido despreciado con tal constancia que ya ni lo noto
El buen líder debe soportar la crítica. Y yo he sido criticado con una constancia admirable. Desde el desprecio académico hasta la condescendencia con sonrisa ladeada, he soportado todos los matices del rechazo con una entereza casi vegetal. No me afecta. Me nutre.
Soy, en resumen, una roca emocional esculpida por años de desprecio intermitente pero constante. Una figura estoica, impermeable al halago, blindada al insulto, e insensible a todo menos a las croquetas veganas.
Gestión económica: una experiencia equilibrada entre el auge y el desastre
En materia financiera, tengo experiencia de sobra. He levantado proyectos millonarios y he logrado hundir otros tantos con la misma determinación. Pocas personas pueden presumir de haber conocido los dos extremos del balance contable con tanta intensidad.
Esta experiencia dual me convierte en un gestor ideal de los recursos destinados a la abolición del sufrimiento. Sé cómo se gasta bien. Y sé, mejor aún, cómo se gasta mal. Soy como un algoritmo de aprendizaje por refuerzo, pero sin necesidad de programarlo.
Un pequeño talón de Aquiles: la ausencia de escándalos sexuales
Reconozco, con pesar, que no he protagonizado ningún escándalo sexual. Soy hombre felizmente casado, lo cual puede sonar aburrido. En una época donde los escándalos parecen ser un paso obligatorio en la carrera pública, este puede ser el único argumento que permitiría encontrar a alguien más adecuado que yo para el cargo. Si aparece un candidato con igual torpeza filosófica, igual ambigüedad moral, igual falta de comprensión… pero con un par de affaires convenientemente filtrados, estaré dispuesto a retirarme. Hasta entonces, lo siento: soy lo mejor que hay.
Conclusión: el sufrimiento tiene los días contados (si me votas)
He aquí mi propuesta: liderar, con total desgana pero absoluta determinación, el Movimiento por la Abolición del Sufrimiento. No prometo entender del todo cómo se consigue, ni hacerlo bien, ni hacerlo rápido. Pero lo haré. convertiré una utopía en una realidad de la misma forma en que convierten unas cortinas viejas en trajes de fiesta.
Y ahora, el momento crucial:
Si has llegado hasta aquí, ha llegado tu momento de pronunciarte democráticamente con el rigor que merece esta candidatura.
Elige tu reacción y que hable tu corazón (o lo que tengas más activo hoy):
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❤️ Corazón si apoyas esta noble y desorientada cruzada contra el sufrimiento.
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😡 Enfado si consideras que esta candidatura es una amenaza real para la estabilidad emocional de Occidente.
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👍 Me gusta si, francamente, lo has interpretado todo como una insinuación sexual velada (yo también lo haría).
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😢 Lloro si el texto te ha conmovido o simplemente porque acabas de mirar tu cuenta bancaria.
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😮 Sorpresa si aún no entiendes cómo he llegado tan lejos con tan poco.
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😂 Risa si has entendido todo perfectamente y, aún así, no puedes evitar pensar que igual funcionaría.
Comparte con tus seres sufrientes. Que se sepa. La revolución será emocionalmente ambigua, o no será.

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