Abu al-Ala al-Ma’arri

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La figura de Abu al-Ala al-Ma’arri es uno de los casos más fascinantes de pensamiento radical en la historia intelectual medieval. Poeta y prosista sirio de los siglos X y XI, considerado una figura mayor de la literatura árabe clásica, desarrolló un pensamiento extraordinariamente difícil de encajar en categorías simples. Su obra invita a comparaciones —necesariamente imperfectas— con autores tan diferentes como Lucrecio, Diógenes o Schopenhauer.

Algunas de sus intuiciones resultan además sorprendentemente próximas a debates contemporáneos. Es posible ponerlas en diálogo con David Benatar y su antinatalismo, con la ética negativa de Julio Cabrera, con el proyecto abolicionista del sufrimiento de David Pearce y con las éticas centradas en el sufrimiento desarrolladas, entre otros, por Brian Tomasik y Magnus Vinding. No se trata, por supuesto, de afirmar que al-Ma’arri defendiera estas filosofías modernas, sino de observar que formuló problemas extraordinariamente parecidos muchos siglos antes.

Escepticismo y religión

Al-Ma’arri vivió durante el período abasí tardío y pasó buena parte de su vida en Ma’arrat al-Nu’man, cerca de Alepo. Perdió la vista durante la infancia y posteriormente adoptó una vida marcadamente ascética. Entre sus obras destacan Luzūm mā lā yalzam, conocida habitualmente como Luzūmiyyāt, y la extraordinaria Risālat al-Ghufrān (Epístola del perdón).

Su relación con la religión requiere cierta cautela. Su poesía contiene ataques feroces contra el dogmatismo, la superstición, el seguimiento acrítico de la tradición y la utilización social de las creencias religiosas. Sin embargo, reconstruir exactamente sus convicciones personales no es sencillo, y su obra también contiene elementos que han permitido interpretaciones menos radicales. Tal vez sea más preciso describirlo como un escéptico y librepensador profundamente desconfiado de la autoridad religiosa que intentar encajarlo sin matices en categorías modernas como «ateo» o «deísta».

Uno de los versos más célebres atribuidos a su pensamiento, transmitido en la traducción de Reynold A. Nicholson, resume brutalmente esa actitud:

«Los habitantes de la Tierra son de dos clases: quienes tienen razón pero no religión, y quienes tienen religión pero no razón.»

Una frase que podría circular hoy por una red social sin que casi nadie sospechara que procede de un poeta nacido hace más de mil años.

Una intuición antinatalista

Probablemente ningún aspecto de al-Ma’arri resulta tan sorprendentemente moderno como su actitud ante la procreación.

La inscripción asociada a su tumba dice:

«Esto es lo que mi padre cometió contra mí, y yo no lo cometí contra nadie.»

La interpretación difícilmente puede ser más sombría: haber sido traído a la existencia aparece representado como un daño que él decidió no transmitir a otra persona.

Sería anacrónico convertir sin más a al-Ma’arri en un «antinatalista» en el sentido filosófico contemporáneo. Pero la semejanza con el problema que David Benatar formularía sistemáticamente casi un milenio después es evidente: engendrar a alguien no es un acontecimiento moralmente neutro, porque significa imponerle una existencia que necesariamente contendrá riesgos, pérdidas, enfermedad, frustración y sufrimiento.

La diferencia entre ambos contextos es enorme. La pregunta, sin embargo, resulta inquietantemente familiar: ¿tenemos derecho a decidir por otra persona que merece la pena comenzar a existir?

Animales y no violencia

Su posición respecto a los animales resulta quizá todavía más excepcional.

Durante sus últimos años adoptó una dieta que hoy describiríamos como vegana: rechazaba no sólo la carne, sino también productos como la leche, los huevos y la miel. Lo importante es que esta abstención no parece haber sido exclusivamente alimentaria. Sus versos presentan explícitamente el aprovechamiento de los animales como una cuestión moral.

En una traducción clásica de su poesía encontramos:

«No comas injustamente los peces que el agua entrega, ni desees como alimento la carne de animales sacrificados.»

En el resto del poema extiende el razonamiento a la leche destinada a las crías, los huevos de las aves y la miel producida por las abejas. La idea subyacente es extraordinariamente reconocible para un lector contemporáneo: que el interés humano no constituye por sí mismo una justificación suficiente para apropiarse de aquello que producen otros seres sensibles.

Hablar de «veganismo» en el siglo XI implica inevitablemente utilizar una categoría moderna. Pero la semejanza ética es mucho más difícil de descartar que la simple coincidencia alimentaria.

Un pensador difícil de clasificar

Existe además cierta ironía histórica en el destino de al-Ma’arri.

Lejos de ser una figura insignificante, ocupa un lugar importante en la tradición literaria árabe. Sin embargo, fuera de ella sigue siendo mucho menos conocido que numerosos pensadores europeos con los que resulta posible establecer comparaciones filosóficas. Incluso hoy su figura conserva una capacidad considerable para incomodar.

Durante la guerra de Siria, en 2013, miembros del Frente al-Nusra decapitaron la estatua dedicada al poeta en su ciudad natal. El episodio es especialmente significativo precisamente porque ocurrió casi mil años después de su muerte: las disputas intelectuales que representa su figura seguían teniendo consecuencias materiales en el presente.

Al-Ma’arri, entretanto, continúa sobreviviendo en algo bastante más difícil de destruir que una estatua: sus textos.

Y esos textos encuentran hoy nuevos lectores entre escépticos, antinatalistas, defensores de los animales y filósofos preocupados por una cuestión que atraviesa casi toda su obra: qué debemos hacer ante la existencia del sufrimiento.

¿Qué pensaría hoy al-Ma’arri?

Hay una última pregunta que me resulta especialmente interesante.

Si al-Ma’arri viviera hoy, me gustaría conocer su opinión sobre la posibilidad de utilizar la ciencia y la ingeniería genética no simplemente para curar enfermedades concretas, sino para intervenir sobre los propios mecanismos biológicos que hacen posible el sufrimiento.

Durante la mayor parte de la historia, el sufrimiento podía interpretarse, combatirse, aceptarse o intentar evitarse. Pero apenas podíamos modificar los mecanismos biológicos fundamentales que lo producen.

Eso empieza a cambiar.

Autores como David Pearce han llevado esta posibilidad hasta su conclusión más radical: utilizar biotecnología, neurociencia e ingeniería genética para reducir drásticamente —y quizá algún día eliminar— las formas de sufrimiento intenso e involuntario en los seres sensibles. Sigue siendo un proyecto enormemente especulativo, con dificultades científicas, ecológicas y éticas formidables. Pero ya no pertenece exclusivamente al terreno de la imaginación filosófica.

Y ahí es donde al-Ma’arri resulta especialmente interesante.

Porque hace mil años podía preguntarse si era justo traer nuevos seres a un mundo en el que sufrirían, o si era justo hacer sufrir a otros animales para nuestro beneficio.

Nosotros podemos empezar a formular una pregunta diferente:

¿y si, además de intentar no causar sufrimiento, pudiéramos modificar las condiciones biológicas que lo hacen posible?

 

Posted by Manu Herrán

Founder at Sentience Research. Chief Advisor at The Far Out Initiative,

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