El atractor moral

Resumen

¿Por qué algunos conflictos llegan a ocupar un espacio enorme en la conversación pública mientras otros, con un sufrimiento comparable o incluso mayor, apenas reciben atención?

Una posible explicación parte de distinguir tres cosas que no siempre coinciden: la relevancia moral de un conflicto —por ejemplo, cuánto sufrimiento produce—, su relevancia práctica —la capacidad real de intervenir y modificar sus consecuencias— y su relevancia psicológica y simbólica.

La atención moral no parece distribuirse necesariamente según las dos primeras. Tampoco basta con la cercanía geográfica. Algunos conflictos resultan especialmente atractivos porque permiten proyectar sobre ellos valores, identidades y disputas que ya existen dentro de la propia sociedad.

Varios mecanismos psicológicos pueden contribuir a ello. Los grupos muy próximos pueden enfrentarse con especial intensidad precisamente porque comparten gran parte de sus valores. La psicología social ha estudiado fenómenos como la «hostilidad horizontal» o el «efecto de la oveja negra»: determinadas transgresiones pueden juzgarse con mayor severidad cuando proceden de alguien percibido como próximo al propio grupo.

También existe una tendencia a simplificar los conflictos mediante personajes reconocibles. Si un niño agrede a otro, aparecen inmediatamente «el agresor» y «la víctima». La descripción puede ser correcta para ese episodio, pero se vuelve problemática cuando esos papeles se transforman en propiedades permanentes: «es el agresor», «es la víctima», y después, fácilmente, «es el malo» y «es el bueno». El mismo individuo puede haber ocupado otros papeles antes o hacerlo después. En cierto sentido, se «novela» la realidad: episodios complejos se convierten en relatos con protagonistas, antagonistas y víctimas. Esto facilita su comprensión, pero puede ocultar la historia anterior, los cambios de papel y la complejidad causal.

La condición de víctima introduce además otro fenómeno interesante. La investigación experimental ha encontrado que una persona presentada como víctima de una injusticia puede recibir mayor crédito moral, aunque haber sufrido algo no implique necesariamente poseer mejores cualidades morales. En conflictos entre grupos puede aparecer entonces una competición por determinar quién es la verdadera víctima, porque esa posición proporciona también legitimidad moral.

A esto se añaden los valores sagrados, la memoria histórica, la culpa colectiva y la posibilidad de utilizar una posición moral como señal de identidad o estatus dentro del propio grupo.

Los sistemas actuales de comunicación pueden intensificar estos mecanismos. Las redes sociales no inventaron la realimentación pero reducen enormemente el coste y el tiempo de difusión, hacen visible la aprobación social y favorecen determinados contenidos emocionales y referidos al adversario. Pueden, por tanto, acelerar el proceso. Cuando varios de estos factores coinciden, puede aparecer lo que cabría llamar un «atractor moral»: un conflicto cuya capacidad para captar atención pública resulta mucho mayor de lo que explicarían por sí solas sus consecuencias, su proximidad física o la capacidad real de intervenir en él.

 


 

Este artículo explora una hipótesis: la atención moral no se distribuye necesariamente en proporción a la magnitud del sufrimiento o de las consecuencias que se consideran importantes, ni tampoco sigue de forma simple la cercanía geográfica de un conflicto o la capacidad efectiva para influir en él. Algunos conflictos relativamente lejanos —incluso aquellos sobre los que la capacidad de intervención es limitada— pueden ocupar un espacio extraordinario en la conversación pública cuando, además de contener víctimas y transgresiones reconocibles, resultan suficientemente próximos a categorías culturales compartidas como para permitir la proyección, la disputa y la demostración de valores.

La hipótesis resulta especialmente relevante en sociedades que han desarrollado un lenguaje público fuertemente universalista sobre derechos, igualdad, protección de las minorías y reducción del sufrimiento. En la medida en que esos principios aspiran a aplicarse con independencia de quiénes sean los afectados, cabría esperar que la identidad, la distancia o la familiaridad cultural pesaran relativamente poco en la valoración moral. Sin embargo, la preocupación moral humana no parece distribuirse de manera tan imparcial: la investigación sobre expansividad moral muestra diferencias en el alcance de la consideración moral, y otros trabajos indican que la identificabilidad y el número de víctimas pueden modificar la respuesta afectiva y las decisiones de ayuda (Crimston et al., 2016; Small, Loewenstein y Slovic, 2007; Västfjäll et al., 2014).

Conviene distinguir, por tanto, al menos tres formas de relevancia. Una es la relevancia moral atribuida a las consecuencias de un acontecimiento. Desde una ética que conceda un peso central a la reducción del sufrimiento, por ejemplo, importaría en buena medida cuánto sufrimiento genera, con qué intensidad, a cuántos seres afecta y durante cuánto tiempo. Otra es la relevancia práctica o instrumental: la cercanía geográfica, los intereses directamente afectados y, sobre todo, la capacidad real de los actores implicados para intervenir o modificar sus consecuencias. Una tercera es la relevancia psicológica y simbólica: el grado de identificación que suscita un conflicto, la facilidad con que puede incorporarse a categorías morales familiares y hasta qué punto permite representar disputas ya existentes dentro de la sociedad que lo observa. Estas dimensiones pueden coincidir, pero no tienen por qué hacerlo.

Cuando un caso combina proximidad identitaria, transgresión moral, víctimas identificables, valores sagrados, memoria histórica, ambigüedad suficiente para sostener narrativas rivales y un entorno comunicativo que facilita su difusión y realimentación, puede convertirse en lo que aquí se denominará un atractor moral: un asunto capaz de absorber una atención que no se explica únicamente por la magnitud de sus consecuencias, su cercanía geográfica o la capacidad material de influir en él.

La cuestión que interesa en estas páginas no es, por tanto, por qué determinados conflictos generan preocupación. Muchas veces existen excelentes razones para ello. La pregunta es por qué algunos adquieren una capacidad extraordinaria para organizar divisiones morales internas, mientras otros, incluso con consecuencias muy graves o sobre los que existe una mayor capacidad de actuación, pueden ocupar un lugar mucho menor en la conversación pública.

El enemigo suficientemente parecido

El ejemplo del vegetarianismo es revelador. Desde fuera, vegetarianos y veganos parecen formar parte de una misma familia moral. Comparten buena parte del diagnóstico, de las preocupaciones y de las prácticas. Podría suponerse, por tanto, que las fricciones más intensas se producirían con quienes defienden prácticas situadas en el extremo contrario, como determinadas formas de ganadería o la tauromaquia. Sin embargo, también pueden aparecer juicios especialmente críticos entre posiciones próximas.

No es solamente una impresión anecdótica. La psicología social ha utilizado la expresión hostilidad horizontal para describir juicios particularmente negativos entre grupos minoritarios próximos, en ocasiones relacionados con la necesidad de mantener una identidad diferenciada. Rothgerber (2014) encontró patrones compatibles con esta idea entre subgrupos de vegetarianos y veganos, aunque los resultados variaban según los motivos para evitar la carne y la saliencia del grupo mayoritario.

Existe un fenómeno relacionado, conocido como black sheep effect, o efecto de la oveja negra. Bajo determinadas condiciones, una persona que transgrede una norma de su grupo de pertenencia puede ser juzgada con mayor dureza que alguien exterior que realiza una transgresión semejante. El fenómeno se ha relacionado con la relevancia que la conducta de los miembros del propio grupo tiene para la identidad social de quien juzga (Marques, Yzerbyt y Leyens, 1988).

La distancia, por tanto, no produce necesariamente mayor hostilidad; también puede reducir la implicación. La proximidad, en cambio, puede ofrecer más terreno para el conflicto cuando existen un lenguaje compartido, expectativas comunes y un conocimiento suficiente para interpretar las acciones del otro. Una pareja, por ejemplo, puede mantener durante años discusiones que difícilmente surgirían entre dos desconocidos, no porque exista necesariamente más hostilidad, sino porque hay más expectativas, más historia compartida y más elementos susceptibles de interpretación.

La misma lógica puede aplicarse, al menos como hipótesis, a ideologías, religiones y movimientos políticos. Grupos que comparten buena parte de sus referencias pueden convertir algunas diferencias concretas en marcadores centrales de identidad. La semejanza, por tanto, no elimina necesariamente el conflicto; en determinadas condiciones puede hacer más significativa la diferencia restante.

Más allá de los hechos

Cuando una cuestión adquiere significado moral, la discusión puede dejar progresivamente de centrarse únicamente en qué ha sucedido o qué política funcionaría mejor. La posición adoptada comienza entonces a decir algo acerca de la identidad de quien la sostiene.

La investigación sobre convicciones morales muestra que las personas tienden a experimentar estas creencias como objetivamente verdaderas y universalmente aplicables. Una mayor convicción moral se asocia, entre otros efectos, con mayor implicación política, mayor intolerancia hacia posiciones discrepantes y mayor resistencia a soluciones procedimentales en ciertos conflictos (Skitka, Hanson, Morgan y Wisneski, 2021).

Esto cambia la naturaleza de la discusión. La cuestión deja de ser solamente si una afirmación es correcta. Puede aparecer una pregunta implícita sobre qué clase de persona sería capaz de defenderla. Una disputa política puede empezar entonces a funcionar como un examen moral, en el que ciertas respuestas pasan a percibirse no solo como equivocadas, sino como moralmente incorrectas.

Agresores, víctimas y personajes

La percepción moral humana parece organizar muchos acontecimientos alrededor de una estructura extraordinariamente sencilla: alguien hace algo y alguien lo sufre. La investigación sobre moral typecasting distingue precisamente entre agentes morales —a quienes se atribuye capacidad para hacer el bien o el mal— y pacientes morales —a quienes se percibe principalmente como susceptibles de recibirlo—. Una vez que alguien queda fuertemente asociado con uno de esos papeles, puede resultar psicológicamente más difícil percibirlo simultáneamente en el otro (Gray y Wegner, 2009).

Puede considerarse un caso sencillo de acoso entre niños. Al observar que un niño agrede a otro aparecen inmediatamente dos categorías perfectamente comprensibles: el niño agresor y el niño víctima. Es fácil ponerse del lado de la víctima y censurar al agresor. Para entender ese episodio concreto, la clasificación puede ser perfectamente correcta. El problema comienza cuando se deja de describir lo que acaba de suceder y esos papeles circunstanciales se convierten en cualidades permanentes de los personajes. El niño que ahora aparece como víctima pudo haber agredido antes a otro, y el que ahora aparece como agresor pudo haber sido víctima anteriormente. Nada de esto justifica la agresión observada; simplemente cambia la naturaleza de las categorías utilizadas. «Agresor» describe en principio el papel que alguien ocupa en una determinada interacción, no necesariamente lo que esa persona es.

La misma simplificación aparece continuamente en otros ámbitos. En una discusión de pareja puede parecer fácil decidir quién ha atacado y quién se está defendiendo si se observan únicamente los últimos treinta segundos, pero la interpretación podría cambiar si se contemplaran la última hora, la última semana o varios años de relación. Algo semejante puede ocurrir en una disputa entre vecinos, entre un consumidor y una empresa o entre dos grupos políticos. Cada fotografía puede contener un agresor y una víctima claramente identificables, mientras que la película completa muestra intercambios de papeles, provocaciones, respuestas, represalias y antecedentes que complican considerablemente la distribución estable de esas categorías.

Incluso en la naturaleza, si «agresor» y «víctima» se utilizan únicamente en un sentido descriptivo y no moral, una escena aislada puede resultar engañosa. Puede observarse a un animal atacando a otro sin saber que el primero acaba de ser atacado, que está defendiendo territorio o descendencia, o que el animal que ahora huye participó poco antes en otra interacción agresiva. La escena es real, pero el relato construido a partir de ella puede ser extraordinariamente incompleto.

Quizá haya aquí una tendencia más general que podría describirse como «novelar la realidad». Existe una tendencia a convertir secuencias complejas de acontecimientos en historias con personajes reconocibles, protagonistas, víctimas, antagonistas, causas y desenlaces. Esa transformación puede reducir enormemente la complejidad y facilitar la comprensión y el recuerdo de lo ocurrido, pero tiene un coste: pueden terminar atribuyéndose propiedades estables a personas y grupos a partir de papeles que solo estaban desempeñando en el fragmento de realidad observado.

De este modo, «ha cometido una agresión» puede transformarse en «es el agresor»; «ha sufrido esta acción» en «es la víctima»; y, desde ahí, resulta fácil avanzar todavía más hasta «es el malo» y «es el bueno». El paso parece pequeño, pero cambia completamente el análisis. Se deja de describir comportamientos para empezar a describir esencias.

Esto no significa que todos los conflictos sean simétricos, que todos los participantes hayan causado el mismo daño o que nunca existan víctimas persistentes y agresores recurrentes. Tampoco significa que conocer los antecedentes excuse una conducta concreta. Significa algo más limitado: la clasificación moral de un episodio no debería convertirse automáticamente en una teoría completa sobre las personas o los grupos que intervienen en él.

En los conflictos prolongados este problema se multiplica. Los mismos grupos pueden ser agresores en un episodio, víctimas en otro, responsables de determinadas decisiones e impotentes ante otras. Si una narrativa necesita un agresor estable y una víctima estable, puede tender a seleccionar los acontecimientos que conservan ese reparto y a considerar secundarios aquellos que lo contradicen.

A partir de ahí, dos personas pueden contemplar décadas de una misma historia y construir relatos moralmente incompatibles simplemente escogiendo distintos puntos de comienzo, distintos acontecimientos centrales y distintas escalas temporales. El desacuerdo deja entonces de ser únicamente factual. Se convierte también en una disputa sobre qué fragmento de la realidad constituye la historia relevante y sobre quién debe ocupar, dentro de esa historia, cada uno de los papeles.

La competición por ser víctima

Hay además situaciones en las que los grupos no solamente recuerdan sus sufrimientos, sino que los comparan. La psicología social denomina victimización competitiva a la tendencia a presentar al propio grupo como quien ha sufrido más que el grupo contrario. La literatura relaciona este mecanismo, especialmente en conflictos prolongados, con dificultades para el reconocimiento del sufrimiento ajeno, la confianza y la reconciliación (Young y Sullivan, 2016).

Hay además una razón por la que la condición de víctima puede adquirir un peso moral que va más allá del daño sufrido. En una serie de diecisiete experimentos con 9.676 participantes, Jordan y Kouchaki (2021) encontraron que las personas presentadas como víctimas de una transgresión eran percibidas como moralmente mejores que otras personas equivalentes que no habían sido victimizadas, aun cuando se describía el mismo comportamiento por parte de unas y otras. Los autores denominan a este fenómeno Virtuous Victim effect (efecto de la víctima virtuosa). El resultado no demuestra que las víctimas sean realmente más virtuosas ni que las personas busquen deliberadamente convertirse en víctimas; muestra algo más limitado: la victimización puede conferir crédito moral a ojos de terceros.

Se añade así un segundo salto a la simplificación descrita antes. Puede pasarse de «ha sufrido una injusticia» a «es la víctima» y, desde ahí, a «es moralmente mejor». El sufrimiento, que describe algo que le ha ocurrido a una persona o a un grupo, puede terminar interpretándose como una propiedad de su carácter.

Surge entonces una extraña economía moral. Reconocer el sufrimiento del otro puede sentirse como si disminuyera el propio, aunque no haya ninguna necesidad lógica de que esto suceda. Dos grupos pueden haber sufrido enormemente al mismo tiempo. Sin embargo, si la condición de víctima proporciona no solo razones para reclamar reparación, sino también legitimidad, inocencia percibida o crédito moral, puede aparecer una competencia por ocupar ese papel. La victimización competitiva puede contribuir así no solo a una disputa sobre quién sufrió más, sino también sobre quién dispone de mayor legitimidad para interpretar el conflicto.

Cuando algunos valores dejan de tener precio

Hay conflictos que permiten negociar tierras, impuestos, recursos o competencias. Otros afectan a elementos que las personas consideran moralmente inconmensurables: una patria, un lugar sagrado, la memoria de los muertos, la identidad de un pueblo o el derecho a existir.

Cuando un valor se vuelve sagrado, ofrecer más dinero o ventajas materiales no necesariamente facilita un acuerdo. Puede incluso provocar indignación, porque la propia oferta es interpretada como una demostración de que la otra parte no comprende aquello que se está negociando. La investigación sobre valores sagrados ha encontrado precisamente que, en determinados conflictos, los incentivos materiales pueden aumentar en vez de disminuir el rechazo al compromiso, mientras que determinados gestos simbólicos pueden resultar más eficaces (Atran y Axelrod, 2008; Ginges y Atran, 2013).

Esto puede ayudar a comprender por qué algunas disputas persisten durante largos periodos. Las partes no están negociando solamente sobre bienes o recursos, sino también sobre aquello que consideran que no debería negociarse.

La moral también tiene memoria

Las sociedades tampoco comienzan cada conflicto desde cero. Heredan recuerdos, culpas, relatos de heroísmo, atrocidades, humillaciones y responsabilidades.

Existe una literatura considerable sobre culpa colectiva: personas que no participaron personalmente en injusticias históricas pueden experimentar emociones morales relacionadas con actos cometidos por el grupo con el que se identifican. Esas emociones pueden influir en actitudes actuales y en la disposición hacia la reparación, aunque su aparición dependa de cómo se interpreten la responsabilidad del grupo y la legitimidad del daño causado (Wohl, Branscombe y Klar, 2006).

Esto no significa que toda sociedad viva atormentada por su pasado ni que toda política pueda explicarse mediante la culpa. Significa algo más modesto y probablemente más interesante: la historia puede modificar la sensibilidad moral presente. Una sociedad puede reaccionar con especial intensidad ante aquello que reconoce como parecido a una transgresión que forma parte de su memoria colectiva.

El conflicto exterior puede transformarse entonces en un escenario donde la sociedad discute consigo misma. El foco deja de situarse únicamente en quienes están lejos y pasa también a la propia sociedad: su historia, sus valores, lo que hizo o lo que debería haber hecho y, finalmente, qué clase de sociedad aspira a demostrar que es.

Cuanto más universal el estándar, más posibilidades de incumplirlo

Hay aquí otra paradoja aparente. Cuanto más amplio y explícito es el conjunto de principios universales que una sociedad proclama, más ocasiones existen para comparar conductas concretas con esos principios y señalar posibles incoherencias.

Esto no es un argumento contra esos estándares. Al contrario, su existencia hace posible formular críticas que de otro modo quizá ni siquiera podrían plantearse. Pero también amplía el espacio para acusaciones de hipocresía y para disputas sobre quién representa con mayor fidelidad los valores compartidos.

De ahí podría emerger una dinámica en la que parte del conflicto político se dedica no solo a decidir qué políticas son mejores, sino también a determinar quién encarna con mayor pureza los valores compartidos. La ampliación de los estándares morales facilita también la crítica moral, y esa crítica puede servir tanto para corregir injusticias reales como para competir por prestigio, influencia o identidad. Las dos cosas no son incompatibles.

La moral también puede dar estatus

Hay además un incentivo social que puede reforzar esta dinámica. El discurso moral no solo expresa convicciones; en determinados contextos también puede utilizarse para buscar estatus. La literatura sobre moral grandstanding estudia precisamente la motivación de emplear el discurso moral con ese fin. En varios estudios realizados en Estados Unidos, esta motivación se asoció con rasgos de búsqueda de estatus y con mayor conflicto político y moral; trabajos posteriores encontraron asociaciones entre la vertiente orientada al prestigio, posiciones ideológicas más extremas y una mayor polarización afectiva (Grubbs et al., 2019, 2020).

Conviene no invertir el razonamiento. Estos resultados son principalmente correlacionales y no permiten concluir que quien denuncia una injusticia lo haga para obtener estatus, ni inferir la motivación de una persona concreta a partir de la posición que defiende. Sí introducen, sin embargo, otra pieza relevante: una controversia moral puede convertirse también en un escenario de competencia intragrupal, donde mostrar sensibilidad, compromiso o firmeza refuerza la pertenencia y la posición dentro del propio grupo.

La atención se realimenta

La realimentación social de la atención es anterior a Internet. La prensa, la radio, la televisión y las conversaciones ya permitían que la visibilidad previa de un asunto favoreciera nuevas conversaciones y nueva cobertura.

Las redes sociales no crean este fenómeno, pero modifican algunas de sus condiciones. Reducen de forma drástica el coste y el tiempo necesarios para retransmitir un mensaje, hacen visibles muchas de las reacciones de los demás y proporcionan información continua sobre qué contenidos generan atención.

Dos estudios ilustran una característica relevante de ese entorno. El lenguaje moral y emocional se asoció con una mayor difusión en una muestra de 563.312 mensajes de Twitter (Brady et al., 2017), y las referencias al grupo político contrario predijeron especialmente bien la difusión en 2.730.215 publicaciones políticas de Facebook y Twitter (Rathje, Van Bavel y van der Linden, 2021). Estos resultados no demuestran que las redes sociales creen por sí mismas la polarización, pero sugieren que determinados contenidos moralizados y centrados en el adversario pueden encontrar condiciones especialmente favorables para circular.

Según la hipótesis propuesta, por tanto, las redes sociales no originan el atractor moral: pueden actuar como acelerador de mecanismos sociales preexistentes. La atención puede adquirir cierta inercia y depender no solo de la gravedad de un acontecimiento, sino también de su capacidad para generar contenidos que las personas quieran comentar, compartir y utilizar dentro de sus propias disputas. Gravedad y visibilidad pública pueden relacionarse, pero no son la misma cosa.

 

El atractor moral

Pueden reunirse ahora las piezas. Según la hipótesis propuesta, la capacidad de un asunto para dominar el debate sería más probable cuando concurren varias condiciones: proximidad psicológica suficiente para resultar inteligible, diferencias que permitan el juicio moral, víctimas identificables, acontecimientos capaces de sostener narrativas rivales, valores considerados sagrados, memorias históricas relevantes y la posibilidad de proyectar sobre el conflicto divisiones políticas internas. También puede contribuir que las posiciones adoptadas funcionen como señales de identidad o de estatus moral.

Si, además, el asunto encuentra un entorno comunicativo capaz de hacer circular con rapidez imágenes, historias y acusaciones moralmente cargadas, estos factores pueden reforzarse mutuamente. El resultado sería una posible separación entre relevancia consecuencial, relevancia práctica y relevancia psicológica: un conflicto exterior puede adquirir una centralidad pública que no se explica únicamente por la gravedad de sus consecuencias, su proximidad geográfica o la capacidad efectiva de intervenir en él.

Un conflicto que reúne muchos de los ingredientes

Un caso contemporáneo que parece combinar muchas de esas condiciones es el conflicto entre Israel y Palestina.

Aplicar la hipótesis no exige afirmar que este conflicto reciba «demasiada» atención. La cuestión es otra: hasta qué punto su centralidad simbólica en parte del debate occidental puede explicarse únicamente por el número de víctimas, la extensión territorial, la duración del conflicto o cualquier otra medida sencilla de gravedad. Existen otros conflictos con enormes cifras de víctimas, desplazamientos prolongados, represión, refugiados de larga duración y disputas territoriales sin resolver. Compararlos no rebaja la importancia de Israel y Palestina; permite preguntar qué factores adicionales contribuyen a su saliencia.

El conflicto resulta especialmente legible desde varias categorías occidentales. Israel puede percibirse como próximo por sus instituciones políticas y electorales, universidades, empresas, medios de comunicación, debates internos y vínculos estrechos con Europa y Estados Unidos. Al mismo tiempo, la experiencia palestina puede incorporarse con facilidad a marcos occidentales contemporáneos sobre autodeterminación, colonialismo, desigualdad, refugiados y derechos humanos. Por razones diferentes, ambas partes ofrecen elementos familiares para las disputas morales occidentales.

Para quienes perciben a Israel como parte de una esfera política y moral próxima, esa cercanía puede elevar las expectativas. Una transgresión atribuida a un actor considerado cercano puede resultar psicológicamente más significativa que una transgresión semejante atribuida a un actor situado fuera del grupo de referencia. La analogía con el efecto de la oveja negra no demuestra que esto ocurra en cada caso, pero ofrece un mecanismo plausible.

Al mismo tiempo, el conflicto ofrece una estructura narrativa potente. En una escala estatal y militar, Israel, como Estado con ejército, aviación y gran capacidad tecnológica, puede ser representado fácilmente como agente, mientras que una población palestina sin Estado soberano y militarmente mucho más débil puede ser representada fácilmente como paciente. Esa estructura, sin embargo, puede alterarse cuando se consideran atentados, secuestros o asesinatos de civiles israelíes. Los papeles de agente y paciente cambian según el episodio y la escala temporal que se tomen como referencia.

Las narrativas rivales pueden privilegiar distintos puntos de arranque: 1948, 1967, una negociación, una intifada, una retirada, un atentado, un bombardeo, el 7 de octubre o la guerra posterior. Cambiar el punto de partida puede modificar profundamente la estructura moral percibida. No porque todos los puntos de partida sean igualmente adecuados, sino porque la escala temporal seleccionada influye en qué acciones aparecen como causa, respuesta, agresión o represalia.

A ello se añaden valores difícilmente negociables: Jerusalén, la tierra, los lugares sagrados, el derecho al retorno, la seguridad o la autodeterminación. Y también dos memorias históricas de victimización con gran peso identitario. El Holocausto ocupa un lugar central en la memoria moral europea contemporánea y en la historia judía moderna. La Nakba y las décadas posteriores de desplazamiento y conflicto desempeñan, por su parte, un papel central en la identidad nacional palestina. Ambas memorias son fácilmente reconocibles dentro del lenguaje moral contemporáneo, aunque conduzcan a interpretaciones políticas muy diferentes.

El conflicto combina así proximidad cultural, valores sagrados, memorias de victimización, alternancia narrativa de los papeles de agente y paciente e implicación de potencias occidentales, además de una corriente frecuente de imágenes y acontecimientos moralmente cargados. Según la hipótesis desarrollada aquí, esa combinación puede favorecer que funcione como atractor moral.

La disputa por los papeles de agresor y víctima adquiere aquí una importancia adicional. Si, en determinadas circunstancias, identificar a alguien como víctima puede conferirle crédito moral, decidir quién ocupa ese papel deja de ser únicamente una cuestión descriptiva y puede influir también en la valoración general de cada parte. De ahí que la elección del punto de partida, la escala temporal o los episodios considerados centrales pueda modificar no solo la explicación causal del conflicto, sino también la distribución intuitiva de inocencia, culpa y legitimidad.

Israel y Palestina como campo de batalla occidental

Esto permite considerar una posibilidad que a veces se pierde cuando la pregunta se reduce a quién tiene razón: parte de la discusión occidental sobre Israel y Palestina podría no estar tratando exclusivamente sobre Israel y Palestina.

El conflicto puede convertirse entonces en escenario de debates sobre colonialismo, nacionalismo, religión, terrorismo, racismo, Occidente, Estados Unidos, inmigración, minorías, derechos humanos, el Holocausto, el legado colonial europeo, capitalismo, izquierda y derecha, qué significa ser progresista, qué significa defender una democracia y quién puede considerarse víctima. En ese sentido, acontecimientos ocurridos a miles de kilómetros pueden incorporarse a disputas políticas y morales que ya existían dentro de las sociedades occidentales.

Si el conflicto funciona además como marcador de identidad, participar en el debate puede cumplir funciones que van más allá de comprender correctamente Oriente Próximo: también puede servir para situarse dentro de las disputas morales de Occidente. Esta posibilidad no permite inferir las motivaciones de ninguna persona concreta, pero sí amplía el conjunto de mecanismos que pueden contribuir a la intensidad del debate.

Una explicación que no necesita un complot

Esta hipótesis tiene además una ventaja: no necesita suponer que millones de personas sean antisemitas, ni que millones de personas odien a los palestinos, ni imaginar una manipulación centralizada de los medios. Tampoco necesita asumir que la atención prestada al conflicto sea necesariamente injustificada.

La hipótesis se apoya, por tanto, en una combinación de mecanismos relativamente ordinarios: proximidad psicológica, identidad, culpa, moralización, competición entre grupos próximos, victimización competitiva, valores sagrados, búsqueda de coherencia y sistemas de comunicación que favorecen determinados tipos de contenido. Ninguno de estos mecanismos tiene por qué bastar por sí solo, y su peso puede variar entre personas, grupos y momentos históricos. El resultado agregado puede, aun así, parecer diseñado aunque nadie lo haya diseñado.

Esto tampoco excluye que en algunos individuos, organizaciones o movimientos intervengan además antisemitismo, islamofobia, intereses políticos, propaganda, solidaridad genuina, preocupación humanitaria, vínculos religiosos o cálculos geopolíticos. Una explicación general no necesita negar esas causas particulares. Lo que pretende explorar es por qué este conflicto parece especialmente capaz de activar simultáneamente muchas de ellas.

Cuando un conflicto exterior se vuelve una disputa interna

Quizá por eso preguntarse solamente por qué Occidente presta tanta atención a Israel y Palestina conduce a una respuesta incompleta. La cuestión más interesante es qué condiciones hacen que un conflicto exterior, además de importar por sus consecuencias, empiece a funcionar también como escenario de disputas propias: qué valores se defienden, a quién se atribuyen los papeles de víctima y agresor, cómo se interpreta la historia propia y qué clase de sociedad se considera deseable.

Según la hipótesis propuesta, esa transformación sería más probable cuando el conflicto resulta suficientemente próximo en términos psicológicos y culturales para ser inteligible, aunque no sea geográficamente cercano ni especialmente susceptible de intervención desde Occidente. También ayudarían la existencia de víctimas y responsables reconocibles, una complejidad suficiente para sostener narrativas rivales, memorias históricas y valores importantes, divisiones políticas previas en las que encajarlo y una corriente continua de acontecimientos capaces de reactivar la discusión. En esas condiciones, su relevancia psicológica puede crecer por mecanismos parcialmente independientes de su relevancia moral o práctica.

Quizá Israel y Palestina ocupen tanto espacio en la conciencia occidental no solo por la gravedad real de sus consecuencias o por los intereses occidentales implicados, sino también porque ofrecen un escenario especialmente fértil para representar desacuerdos que ya existen dentro de Occidente. Al mirar hacia allí, Occidente discute también sobre sí mismo. Esa capacidad de convertir relevancia psicológica y simbólica en centralidad pública, parcialmente independiente de la relevancia consecuencial o práctica, es lo que aquí se ha denominado un atractor moral.

 

Referencias

Atran, S., y Axelrod, R. (2008). Reframing Sacred Values. Negotiation Journal, 24, 221–246. https://doi.org/10.1111/j.1571-9979.2008.00182.x

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Crimston, D., Bain, P. G., Hornsey, M. J., y Bastian, B. (2016). Moral expansiveness: Examining variability in the extension of the moral world. Journal of Personality and Social Psychology, 111(4), 636–653. https://doi.org/10.1037/pspp0000086

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Metodología de elaboración

Este artículo se ha elaborado mediante un modelo de liderazgo conceptual humano y ejecución editorial delegada a la inteligencia artificial. El autor aportó la tesis, los ejemplos, las objeciones, los criterios de revisión y las decisiones editoriales. La IA desarrolló la redacción, propuso reorganizaciones y formulaciones, buscó y contrastó las referencias y mantuvo la versión maestra del texto, es decir, la referencia documental sobre la que se fueron aplicando los cambios. El autor revisó críticamente las sucesivas versiones y aprobó la versión final.

Método resumido: liderazgo conceptual, humano; redacción y versión maestra, IA; búsqueda y contraste de referencias, IA; revisión crítica y aprobación final, humano.

Posted by Manu Herrán

Founder at Sentience Research. Chief Advisor at The Far Out Initiative,

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