Cuando la perfección moral es obligatoria: la explicación de la hostilidad hacia los veganos y el éxito de Trump

[English version]

Vivimos en una sociedad hipermoralizada que amenaza con el ostracismo cuando se manifiesta la imperfección moral. La perfección moral es inalcanzable, pero mantenemos una ficción de perfección, y la mantenemos… a duras penas… hasta que surge un argumento demoledor como el veganismo. Sospecho que esta es una de las principales razones de la fuerte aversión hacia los veganos. El veganismo amenaza una de nuestras ficciones más esenciales para la supervivencia social.

Existe, —al menos en muchos entornos urbanos, digitales y profesionales de la cultura occidental— una presión constante para proyectar perfección moral. Se espera que las personas no solo se comporten decentemente, sino que parezcan consistente e inequívocamente “buenas”. Una metáfora útil es la de la “hierba roja”: en la interacción cotidiana actuamos como si la perfección moral fuera la norma, no un ideal al que aspirar. No es que las personas crean literalmente ser impecables; más bien, el coste social de reconocer las faltas morales (o incluso la ambivalencia moral) puede ser alto: pérdida de estatus, relaciones tensas, sospechas en el trabajo, menor confianza. La ilusión de  la perfección moral se convierte en una actuación necesaria para mantenerse socialmente seguro.

Esta actuación tiene una verdadera ventaja. Cuando una comunidad impone estándares exigentes, muchas personas se esfuerzan más: reprimen impulsos dañinos, cuidan sus modales y evitan daños evitables. La ficción compartida —«somos mejores de lo que somos»— puede llevar el comportamiento real hacia un equilibrio más cooperativo y menos abusivo. También fomenta la coordinación: si se asume que los demás intentan hacer lo correcto, la fricción disminuye y la previsibilidad aumenta. La máscara moral no solo oculta; también puede educar.

El problema surge cuando la ficción deja de funcionar como un ideal regulador y empieza a presentarse como una descripción de la realidad: «la gente buena aquí es simplemente buena». Esto produce una distorsión epistémica: se vuelve arriesgado hablar abiertamente sobre las propias limitaciones morales, incluso de forma reflexiva y responsable. Y como todos saben en privado que la perfección moral es imposible, se establece una tensión crónica: la brecha entre lo vivido y lo admitido. Cuanto más hipermoralizado sea el clima, más tabú se vuelve reconocer límites, incentivos, contradicciones y zonas grises.

En ese contexto, puede surgir una atracción por la persona que finalmente dice: “la hierba es verde”: alguien que rompe el código y libera la presión del ambiente social cargado de cinismo. El alivio no proviene precisamente de que esa persona sea moralmente admirable, sino de su negativa a participar en la exigencia de una virtud intachable. De esta manera se reduce la amenazante sensación de la vigilancia moral constante. El riesgo, por supuesto, es que “decir la verdad” sobre la imperfección se confunda con autorizar un comportamiento poco ético: la gente puede apoyar a un transgresor no porque la transgresión sea buena, sino porque se siente psicológicamente liberador. Una figura como Donald Trump puede interpretarse, bajo esta hipótesis, como un símbolo de “permiso para dejar de fingir”, más que como un ejemplo de virtud.

Con el veganismo, el mecanismo se agudiza especialmente por una razón específica: no es simplemente otra norma moral, sino una que muchas personas experimentan como comparativa y acusadora, incluso cuando no se enuncia de esa manera. Si una de las fallas morales de una sociedad se refiere a los animales —especialmente la incoherencia entre los valores compasivos y las prácticas cotidianas—, el veganismo no solo critica un comportamiento; amenaza una ficción socialmente útil: «Soy una buena persona, sin más matizaciones». Confronta a las personas a un ámbito donde la crítica moral puede parecer inusualmente clara y difícil de sortear.

He aquí el punto clave: en una cultura que necesita la apariencia de perfección moral para mantener la vida social fluida, el veganismo es una amenaza distintiva porque ofrece —al menos en apariencia— una ruta relativamente clara hacia una posición moral superior creíble en un ámbito delicado. Tal como ya se ha comentado, admitir la propia imperfección moral es socialmente peligroso. Esta combinación puede generar, además de la atracción hacia quien rompe el tabú (diciendo «la hierba es verde»), hostilidad hacia quien parezca capaz de ganar en el teatro de la moralidad con un planteamiento poderoso, difícil de igualar. Ya es suficientemente malo que todos seamos inmorales y tengamos que simularlo, pero mucho peor es descubrir que algunos son candidatos a no serlo, y que nuestras costumbres alimenticias, fuertemente arraigadas, están muy lejos de ser admitidas en ese selecto club.

El veganismo es un enemigo potencialmente peligroso para la propia imagen. Y, sin embargo, es un enemigo todavía manejable, porque presenta un punto vulnerable: su justificación se expresa en clave racional —aunque los motivos puedan ser emocionales— y el tribunal cotidiano de la moralidad rara vez funciona como un seminario de filosofía. En ese tribunal, lo decisivo no es refutar, sino mantener el propio estatus, si es necesario rebajando el de los demás. En la medida en la que el veganismo ofrezca una vía relativamente clara hacia una superioridad moral creíble, entonces el vegano ocupará el lugar del “empollón” en un patio de colegio: no basta con discrepar; conviene convertirlo en una figura risible para que su ventaja deje de contar. Cuando la mayoría se percibe incapaz de alcanzarlo —o simplemente no quiere pagar el coste—, puede formarse una alianza tácita, transversal, para “bajarlo a tierra”: estereotipos, bromas, caricaturas y falacias socialmente toleradas cumplen la función de un correctivo. No derrotan el argumento; derrotan su poder de conferir estatus, y con ello desactivan la amenaza.

Así pues, el conflicto no es solo “carne versus verduras”, sino una lucha por el equilibrio sociopsicológico entre (i) una ficción funcional que estabiliza la interacción cotidiana y (ii) la necesidad humana de reconocer la imperfección sin ser expulsado del grupo. Desde esta perspectiva, el veganismo actúa como catalizador: obliga a elegir entre defender la ficción (a menudo atacando al mensajero) y renegociar la frontera entre el ideal y la realidad (aceptar la imperfección sin derrumbarse la identidad). Tanto los veganos como los no veganos parecen preferir la primera.

Para quienes no son veganos, el veganismo puede resultar singularmente inquietante, ya que parece una solución sospechosamente limpia a un problema que hemos aprendido a considerar irresoluble: la autojustificación moral. Si este es realmente un ámbito donde la mejora moral, con potencialidad de perfección, es inusualmente alcanzable, entonces todo el panorama social cambia. O lo rechazas e incluso lo atacas por ser una amenaza a la ficción que nos mantiene a todos seguros, o lo aceptas y te arriesgas a convertirlo en una insignia, un permiso embriagador para sentirte moralmente casi perfecto, y esta vez de verdad. La rara opción es adoptarlo como un método para reducir el sufrimiento, para hacer el bien —o al menos, para no hacer el mal—, sin convertirlo en estatus, pero eso requiere resistir tanto el elogio social como los propios incentivos de la cultura de la competición moral.

Posted by Manu Herrán

Founder at Sentience Research. Chief Advisor at The Far Out Initiative,

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *